Memorias de un desconcierto

Memorias de un desconcierto

lunes, 25 de enero de 2016

Papeles

Aún era oscuro en la ciudad, aunque ya el sol dibujaba una tímida línea en el horizonte. Miguel volvía de comprar el periódico, la barra de pan y, en un 'paqui' que él juraría que no cerraban nunca, papel higiénico. Lo del periódico y el pan eran rutina diaria, lo del papel no. O sí. La verdad es que se había visto sin repuesto esta mañana y no era cuestión de tentar a la suerte y volver a tener otro apretón.

Hoy le tocaba prepararse la comida. Vivía solo por lo que solamente la hacía unas tres veces por semana. El taper, el congelador y el microondas habían sido los inventos de la civilización que, junto con el fuego y la rueda, habían permitido a esta especie avanzar.

Una olla llena de agua, un cubito de caldo concentrado y esperar a que hirviera. Mientras tanto unas ojeadas al diario. Lecturas rápidas a las noticias. Casi siempre las mismas. Siempre las mismas personas en portada. Miles de millones de habitantes en este planeta y el que fuera bien o mal sólo dependía de las decisiones de unos pocas decenas.

El agua empezó a hervir y le añadió unos puñados de macarrones. En una sartén preparó un sofrito para acompañar a la pasta. La radio de la cocina se añadía al chisporrotear que salía de la sartén y lo mezclaba con música.

Unos proyectiles en forma de tomate recalentado saltaron de la sartén y fueron a parar a los trajes de gala que adornaban, en formas de fotos, la noticia del diario sobre un premio cinematográfico. Horas de pruebas y arreglos en los vestidos para terminar con tan vulgares manchas. Miguel, encorvado, pasó con cuidado un papel de cocina para tratar de arreglar el desaguisado. Terminó de hacer la comida y apagó el fuego.

La luz del nuevo día rompía los rincones oscuros de la casa. Apagó la luz de la salita tirando del cable y desenchufándola. Se sentó al lado de la ventana con el periódico, una taza de café y unas magdalenas.

Los días eran así, una especie de monólogo. Él representaba su papel. Hay quienes dicen que escogemos nuestra vida, Miguel no tenía esa opinión. Se nos asigna un papel en está función llamada existencia y hay pocas posibilidades de cambiarla. tal vez si que podemos mejorar nuestras actuación pero no seremos nunca Marlon Brandon.

Unos primeros rayos de sol acarician la espalda de Miguel. Es un buen momento en la escena diaria. Ahora tocará volverse y haciendo sombra con la mano, mirar hacía el horizonte. Bloques de viviendas. Una vista bastante vulgar si no fuera porque cientos de vecinos nos vemos en ese momento con el mismo gesto, mirando el horizonte.

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