Memorias de un desconcierto

Memorias de un desconcierto

lunes, 15 de enero de 2018

Un momento de introspección

La tarde ya era noche. Es lo que tiene estos días invernales, que la transición entre la luz del día y la negritud de la noche se produce, sin darse uno cuenta, terminando de tomar el café de después de las comidas. Tarde comes, pensará alguien, y cierto es, pero no para confundir comida con cena. Sí, acaso, con merienda temprana. Pero para personas despistadas, ajenas a relojes, la oscuridad podía inducir a resopón. Sólo cambia la impresión cuando se mira por la ventana y ve el colorido espectáculo de los pisos vecinos, todos con las luces puestas. Algunos, inclusos, con las llamativas luces navideñas encendidas, aunque las fechas ya van quedando atrás.

Es periodo de introspección. La mirada hacía afuera es intrusiva en las vidas de los demás. Esas luces, que apenas alumbran el interior, son escaparates para fisgones y curiosos desde el exterior.

Conecto el equipo de música y ojeo un catálogo. Viajes veraniegos que quedaron por hacer, pendientes. Larga es la lista, pero ya he ido tachando algunos. Unos por realizados, otros porque ya no serán. Pero aún es cuantiosa y larga la de futuribles.

Una foto me llama la atención. La miro con detalle. ¿Qué es? Vuelve a pensar el mismo de antes. Impaciente por ver si esto que lee tiene mayor interés y calculando que ya le va tocando hacer la cena, que aunque el que escribe coma tarde, el que lee no y ya va sintiendo el gusanillo del hambre. No es nada especial, a la foto me refiero, no al hambre de cada uno y que cada uno ha de saber como saciarla. Y no sólo comiendo, o sí comiendo pero no sólo con la boca, también con los ojos, con los oídos, con todo aquello que nos permita conocer y relacionarnos con nuestro entorno.

La foto es de una rosa de los vientos esculpida en un mirador. Es una soberbia vista la que se alcanza desde él. Soberbio de majestuosidad, de grandeza. La vista, el panorama, lo que se llega a ver y, lo más importante, lo que no se llega a ver. También es soberbia, pero de altivez, de envanecimiento, la rosa de los vientos. Intentar indicar por donde soplará los aires es condición humana que todo lo quiere acotar, y medir, y señalar. Como si todo estuviera en nuestras manos. Como si la naturaleza fuera ciencia exacta. Dos más dos son cuatro piensa el lector impaciente, ya apenas con medio ojos puesto en la lectura, que no le dice nada, pero que se niega a dejar, curioso, tal vez, por si al final algo se dice.

Puedes ir a hacerte la cena. Enciende el fuego y pon el cazo con agua a calentar. Poco más te voy a contar.

¡Mierda! Exclama el aludido.

No es palabra apropiada para este escrito, pero él no lo escribe. Él lo evalúa y libre es de expresarse como quiera. Pero entiendo que esa reflexión es particular suya, intrusiva en mis pensamientos, así que corro las cortinas de mis interiores y dejo al otro con su cazo y su agua, su sobre de sopa o sus verduras por cortar.

jueves, 29 de junio de 2017

Tarde de verano

El plato de espaguetis reposaba, a medio comer, en la pica de la cocina. La salsa de tomate se entremezclaba con el agua e iba formando un conjunto rosáceo en la superficie. Los largos fideos navegaban por ese colorido lago antes de sumergirse en sus profundidades.

Era una tarde cálida de verano y el apetito se había esfumado como las grises nubes que minutos antes cubrían el cielo y tras un corto, pero intenso aguacero, habían desaparecido para dar paso a un cielo azul.

Azul. Pero no un azul celeste. Un azul mecánico. Intenso, duro. Como si el Sol se hubiera enfadado de la intromisión de las nubes y su brillo fuese diferente.

El sauce del parque, que desde la ventana veía, mecía sus ramas, adormecidas, movidas por la sofocante brisa. Dibujaba sombras alargadas, como los espaguetis, sólo que ellas reposaban sobre la superficie vegetal. Agostada por la calor, por la sequía. Apenas esas gotas habían abierto a la tierra su insaciable sed. Ni rastro de charcos, apenas unas escasas gotas, escondidas en lo más profundo de la vegetación, eran testimonio de lo pasado.

Mi cuerpo medio desnudo. Las manos apoyadas en la baranda del balcón. Sudando. De espaldas al comedor donde la radio estaba en funcionamiento. La música sonaba baja. Notas que no acompañaban. Sólo un tenue telón sonoro, al igual que el lejano ladrido del perro o el apagado sonido de la ciudad.

La tarde se arrastraba despacio.

El trino de un pájaro. Fuerte, cercano. Casi como si lo tuviera al lado, ponía momentos, marcaba intervalos, al trascurrir del tiempo.

Era una de esas eternas tardes de verano. Inacabables en mi infancia, somnolientas en mi madurez.

Tarde cargada de vagancia, de sueños y deseos derretidos por la calor.

Una idea germinaba. En lento proceso. Al compás de los pasos arrastrados que iba dando por el pequeño espacio en el que vivía. Una idea que se desarrollaba mientras fregaba el plato y lo sacaba de la pica. Mientras bebía un vaso de agua, que de tanto correr por el grifo salía fría y me hacía sentir reconfortado. Apenas unos instantes, luego empezaba a sudar y veía salir toda esa agua en forma de gotas de sudor. Pero no el frío. Este se había quedado en mi interior, refrescando no se sabe qué órganos, qué células, qué interioridades.

Es así como empiezo estos relatos. Buscando refrescarme, transformando aquello que pienso en una especie de gotas de sudor que me chorrean y se quedan aquí plasmadas.

martes, 9 de febrero de 2016

Las zapatillas nuevas

'Correr es de cobardes' le gritaba su amigo Pepe a modo de saludo esa mañana de domingo a Jesús cuando lo veía pasar haciendo 'runing' por el amplio paseo que tenían en frente de donde vivían.

Pepe y Jesús eran amigos desde la infancia y por compartir habían compartido las paperas cuando iban juntos a la guardería, un amor de verano que fue una verdadera locura ya que ella los ignoro a los dos por igual ya hiciesen lo que hiciesen e incluso unas clases de piano a las que sus madres habían apuntando a los dos aprovechando una oferta que hacía la academia de música del barrio. Hinchas del mismo equipo de fútbol, creadores de títeres en la asociación juvenil a la que pertenecían y amantes de viajar. Más de un viaje habían hecho juntos.

Vivían en el mismo bloque. Primero derecha Jesús, primero izquierda Pepe y el rellano entre las dos puertas les había servido como patio de juego en muchas tardes de lluvia o frío.

Un día Jesús, después de una reunión familiar, le enseño a Pepe que le había regalo su tío Paco. '¿Unas zapatillas deportivas? ¿y tú, para qué las quieres?' le comentó Pepe. 'Me las pondré para correr. Saldré los domingos por la mañana y haré 'futin''. Pepe estaba acabando de pintar un títere malvado, pirata pata palo, con un parche en el ojo. Tuvo que dejarlo deprisa porque le dio un ataque de risa. '¡¡¿¿Correr??!! ¿desde cuando te gusta eso?'. Jesús no contestó de inmediato, de hecho parecía que no le había oído, absorto como estaba en recortar la tela con la que haría el traje al pirata. 'No se si me gusta, pero mi tío Paco vendrá este domingo. Saldré con él'.

Pepe tuvo una extraña sensación, como una punzada. Algo que no sabía definir pero que para avanzar en la historia diré que fué algo muy parecido a celos.

Llegó el domingo. Pepe se sentó en el rellano de la escalera con el pirata, que se había llevado de la asociación para acabarlo en casa y al cual le estaba metiendo relleno para darle volumen al cuerpo. Sonó el timbre del primero derecha y oyó como Jesús contestaba por el interfono. Al poco se abrió la puerta y salió. Se encontró a Pepe tirado cuan largo era por el rellano, con las manos llenas de periódicos arrugados y que lo miraba.

Jesús estaba nervioso y el chirrido de las zapatillas nuevas al pisar le hacía ponerse. aún, más nervioso. 'Hola, me voy a correr'. Pepe se levantó y lo acompañó a la puerta de la calle del bloque. El tío Paco estaba allí con su disfraz de corredor. Saludo a Pepe haciendo un amago de darle un golpe en el hombro y le dio un abrazo de oso a Jesús.

Pepe se sentó en un banco del paseo y comenzó a ponerle las cuerdas al títere. Al pasar Jesús, resoplando y sin aliento, se puso de pie sobre el banco y moviendo al pirata le comenzó a gritar. '¡¡Te falta mecha!! ¡¡por mil demonios marinos, el peor de mis cañones tienen más fuerza que tú!!' Jesús no le oyó. Delante había dos turista japonesas y tenía que alegrar la zancada.

lunes, 8 de febrero de 2016

La dama

Sus zapatos resonaban como si fueran una percusión tocada rítmica y cadenciosamente por las estrechas callejas del viejo municipio. Zona alejada de cualquier guía turística y anclada a un lejano pasado. Todo quieto, todo estático hasta que un día ella se fue allí a vivir. Entonces, hasta el viento cambio de bando y ya no venía del frío norte y giró trayéndonos unos cálidos aromas del sur. Y un sol, perezoso en los cortos días de invierno, encontró nuevos motivos para atravesar las nubes, espesas y estáticas, que nos acompañaban día sí y día también.

Laberíntico dibujo calles, propio de quienes quieren ocultarse y no ser vistos, pero en donde los rayos de sol sabían hallar esquinas y trazados por donde aparecer y acompañar el paso sin prisa, el paso de quién la vida ya no puede darle más y se mueve despacio, sabedora de que es en esos instantes donde aún podrá hallar sonrisas para vivir.

Los juegos infantiles apenas se daban por esos tortuosos pasadizos y callejones. Sólo en la diminuta plaza, enmarcada por la vieja iglesia y el destartalado ayuntamiento, se oían y veían a los niños gritar, correr. Roces de pantalones, vuelos de faldas, joyas de risas. Y era allí donde ella solía parar. Dejar a un lado su cesto de mimbre, sentarse en un apartado banco y, simplemente, mirar. Sin hablar. Sin que nadie del pueblo se atreviese a acercarse, sin que nadie dejase de mirarla. Sólo los niños, ajenos a ella, rozaban con sus carreras el aire que le envolvía y agitaban sus cabellos y ondulaban los pliegues de sus vestidos. Y era entonces, como si de una obra de magia se tratase, que los duros aldeanos, las hacendosas amas de casa, los ancianos encorvados, las viejas mojigatas, se miraban entre si, con esa mirada de quién se pregunta en que momento sus vidas se hicieron tan grises.

Y entonces las afónicas campanas de la iglesia tocaban. Las doce del mediodía. Ella se levantaba, hacía una pequeña inclinación con la cabeza hacía todos y hacía nadie en particular. Cogía su cesto del suelo y acompañada por un sol que no podía dejar de seguirla, doblaba una esquina y perdíamos esa visión que, seguramente con el tiempo, alguien la adornará con detalles inventados o agigantados y será leyenda.